Argentina 2001: el desenlace final de un Estado que no pudo afrontar sus compromisos

Sociedad 20 de diciembre de 2021 Por Gabriel Matera - ambito.com.ar
El politólogo Marcelo Leiras dialogó con Ámbito en el marco de un nuevo aniversario de la crisis de 2001. Un recorrido por los hechos que desencadenaron el estallido de un país que buscaba mantener el orden de la convertibilidad.

2001jpgLa crisis de 2001 dejó a millones fuera del sistema.

El estallido social que la crisis 2001 generó, fue parte un largo proceso que arrancó en 1989. Ese punto de partida permite entender mejor el marco en el cual el país tocó fondo hace 20 años.
Se puede hablar de una combinación de factores de corto y largo plazo que desencadenaron aquella serie de hechos que tuvieron en vilo al país durante el fin de año de 2001. Para profundizar estos aspectos y comprender mejor a la luz del hoy esos hechos, Ámbito entrevistó al politólogo e investigador del Conicet Marcelo Leiras, quien además es Director de la Maestría en Administración y Políticas Públicas de la Universidad de San Andrés (UdeSA).
 
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Periodista: ¿Cómo se explica que Argentina llegó a esas condiciones en 2001? ¿Qué falló?

Marcelo Leiras: La crisis de 2001 es el estallido de la convertibilidad, pensado no como una regla monetaria ó un esquema de política público, sino más bien como una promesa del Estado argentino –como suma de instituciones, clase política, burocracia- respecto de la población. Ese compromiso era respaldar la circulación de dinero con reservas, una correspondencia entre el dinero circulante (lo que el Estado emite) y los modos en que puede respaldarlo.

A eso se arribó en 1991 y duró 10 años, pero exigió medidas que fueran consistentes con ese compromiso. Por lo tanto ocurrieron varias cosas que generaron la crisis del 2001. La primera fue la apreciación cambiaria e inflación en dólares, a pesar de que no había inflación respecto de la moneda local. Esto generó un enorme problema de competitividad que la economía argentina no pudo resolver en esos diez años.

En segundo lugar, hay un componente muy importante muchas veces omitido, que fue la reforma previsional de 1993. Generó un agujero fiscal que en los planes de reforma desmesurados -como muchas de las cosas que piensa Domingo Cavallo- basados en la hipótesis de que la economía argentina iba a crecer 5% anual durante 20 años, y de ese modo se iba a poder financiar el enorme déficit de la gente que dejaba de contribuir al sistema previsional. Eso no ocurrió por supuesto, y se generó un enorme agujero fiscal que hizo muy difícil sostener la regla de convertibilidad.

Al mismo tiempo, como todos habíamos confiado en ese sistema, porque había logrado detener la hiperinflación de 1989, nos aferramos a la credibilidad de esa promesa, organizamos toda nuestra vida, nuestros consumos, nuestros contratos, planes, etc. a partir de ese modelo. Tanto es así que cuando era evidente que esa regla era insostenible, con casi 4 años de recesión que comenzaron en 1998, dos tercios de nosotros aún seguía creyendo que la convertibilidad había que sostenerla.

Incluso la llegada de Cavallo al gobierno de Fernando de la Rúa en 2001, estuvo apoyada en la esperanza de que su arribo implicara el mantenimiento de la convertibilidad. Y tanta era la fe en la convertibilidad que todos teníamos como sociedad, que odiábamos a Cavallo por el corralito pero teníamos esperanza que se mantuviera la convertibilidad de todos modos.

P: ¿Hubo situaciones puntuales que contribuyeron al proceso, fuera de este panorama más general?

M.L.: Fueron situaciones muy particulares que precipitaron los acontecimientos. El cambio de gestión en los Estados Unidos y la decisión de algunas autoridades económicas norteamericanas y de Anne Krueger en el FMI, que había que usar a la Argentina como ejemplo global, para que escarmienten aquellos que tenían compromisos financieros y no haciendo lo necesario para cumplir con ellos. Aunque no hubiera sido esa la decisión, la situación macroeconómica argentina era muy difícil de sostener, el desempleo estaba aumentando y la pobreza aumentó mucho.

Otro hecho que contribuyó fue la decisión nuevamente desmesurada de imponer el corralito, que tuvo como propósito no hacer algo loco sino salvar al sistema bancario que estaba al borde de la bancarrota, fue prudente hacerlo. Se presentó de forma triunfalista, para favorecer la bancarización en un país donde un alto porcentaje de la población no tenía cuenta bancaria. El exministro de Economía Domingo Cavallo pensaba así, que ese 40% de la población que no estaba bancarizado iba a hacerlo. Esto generó mucha bronca, hizo estallar la economía que depende del cash, la que en ese momento de Argentina era mucho más extensa que lo que es hoy. Esto implicó que sectores que tenían bajos ingresos no accedieran a ninguno y generó la desesperación de quienes vivían del efectivo y de quienes tenían dólares depositados –o pesos convertibles a dólares- que sus fondos perdieran valor.

El significado más amplio, esto me parece interesante, es un Estado (como suma de burocracias, Poder Judicial, Medios de comunicación) de sostener el compromiso de hierro de la convertibilidad, cuando había una dificultad política para sostenerlo. Pensemos por ejemplo en la Alianza como coalición de gobierno: llega como coalición electoral y no llega nunca a constituirse como coalición de gobierno. Ahí hay una cosa más interesante aún: quienes consiguen solucionar varios traumas son Raúl Alfonsín y Eduardo Duhalde, que eran el jefe de uno de los partidos que estaban en la coalición de gobierno y el candidato que había perdido la elección presidencial de 1999, respectivamente.

¿Cómo puede ser que para Alfonsín haya sido más fácil aliarse con Duhalde que con De la Rúa? Eso implica que hay un vacío o un abismo entre el apoyo electoral y las coaliciones políticas. Nosotros votamos presumiendo que un presidente radical va a tener el apoyo del radicalismo y nos encontramos después con un partido que no acompaña a ese gobierno. Eso no es responsabilidad de los votantes, es responsabilidad de quien tiene el apoyo electoral, en no reconocer cómo transformar las condiciones del apoyo político en un programa de gobierno. De la Rúa fue muy terco en la defensa obstinada de un esquema que estaba clarísimamente agotado.

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Diego Kovacic/Archivo Ámbito Financiero

P: La crisis económica de 200 fue también la crisis de la política, especialmente los de los partidos clásicos como la UCR y el Partido Justicialista. ¿Cuál fue el cambio en estos 20 años de esa dinámica?

M.L.: Pensemos el sistema de partidos como un edificio, una construcción que tiene niveles. Creo que lo que se desarticuló en 2001 y se rearticuló a partir de entonces, es lo que llamaría el “nivel superior” del sistema de partidos. Esto es el conjunto de etiquetas y de nombres, la forma de alianza que sostiene a las organizaciones partidarias como “equipos nacionales”. En rigor, no hay hoy – ni había tampoco entonces- partidos políticos nacionales, en el sentido de una estructura que pueda imponerse sobre los partidos provinciales.

Este edificio estuvo y está sostenido sobre pilares como los partidos provinciales y locales. Esos son los cimientos de la autoridad político-partidaria en Argentina. Tenían entonces (y ahora también) muchísima autonomía, solo que en ese momento se organizaban bajo etiquetas nacionales –UCR en un caso, Partido Justicialista en el otro- que tenían una tradición y reconocimiento que le generaban el apoyo del electorado.

Esas etiquetas partidarias se devaluaron bastante desde entonces. Esto ocurrió por dos motivos: primero porque muchas veces esas etiquetas fueron vehículo de políticas fallidas, que terminaron en grandes fracasos, críticamente la Unión Cívica Radical, con presidentes como Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa, que terminaron antes sus mandatos en crisis económicas profundas. Eso hizo que la UCR, como vehículo presidencial, haya perdido toda potencia, en particular porque perdió su apoyo en la provincia de Buenos Aires y en la Ciudad, sin los cuales es imposible consagrar un candidato presidencial.

La caída de la UCR es como si se hubiera caído una parte, un ala de ese edificio del que hablaba anteriormente. Mantuvo apoyo en muchas provincias, tal es así que hoy controla tres gobernaciones, lo máximo que tuvo desde 1985. Lo que es distinto hoy respecto a 2001, es ese armado superior, que no se hace bajo una etiqueta de un partido superior sino bajo el nombre de coalición, lo cual expresa de forma más fiel el carácter confederal que tienen los partidos políticos argentinos.

P: ¿Cómo se ve reflejado eso hoy?

M.L.: El Frente de Todos (FdT) y Juntos por el Cambio (JxC) son confederaciones, en ese sentido son más fácilmente reconocibles como tal. Antes de 2001 también eran confederaciones, solo que mantenían estas etiquetas más unidas. Lo que tiene distinto este sistema de partidos de aquél, es que tiene una organización ideológica más claramente reconocible que antes. Hoy tienen un tinte ideológico más reconocible.

Antes el Partido Justicialista podía adoptar tanto políticas progresistas como conservadoras, la UCR podía adoptar políticas progresivas o discursos conservadores. Ahora es claro que el FdT representa posiciones más bien progresistas y que JxC representa posiciones más bien conservadoras.

P: En ese momento surgió la consigna “Que se vayan todos” como una bandera de la época, que luego fue perdiendo fuerza. ¿Qué pasó ahí?

M.L.: Primero creo que es productivo preguntarnos cuál es la raíz del “que se vayan todos”: ¿por qué pedir que se vayan todos y no pedir que se vaya solo el oficialismo, verdad? Creo que hubo una demanda de que se vayan todos por esta inconsistencia de la que hablaba antes: el Estado nos había dicho un peso vale un dólar, no había hecho lo necesario para sostener eso y nosotros habíamos armado nuestra vida como si un peso valiera un dólar. Entonces ahora nos damos cuenta que eso era imposible de sostener.

El que se vayan todos era la expresión de despecho, diría, de una clase política que había sido incapaz de sostener el orden que había construido. Contra lo que dicen aquellos defensores del gobierno de Fernando de la Rúa, la clase política acompañó todo el tiempo esa gestión. Le votó el Megacanje, acompaño el blindaje, acompañó legislativamente en el Senado (que tenía mayoría peronista) con muchas medidas de enorme costo político e inclusive financiero para el Estado nacional. Creo que razonablemente el electorado veía a toda la clase política en un esfuerzo infructuoso, en la incapacidad de sostener un orden.

 
crisis-2001-diciembre-2001-crisis-economica-corralito-la-rua-incidentes-plaza-mayoMario Mosca/Archivo Ámbito Financiero

La demanda era que se vayan todos, y al mismo tiempo que se vaya esto que nos asfixia pero que nos devuelvan un orden. Argentina venía del episodio hiperinflacionario del ´89, una sociedad perturbada por los hechos, un trauma que había sido tremendo, durante la transformación económica que hizo Carlos Menem. Además había atravesado la crisis del Tequila -con aumento de la desocupación- y sentía que además de todo eso, la moneda perdía valor. Había una sensación de hartazgo y desilusión de las capacidades de ese grupo de dirigentes.

Por otra parte puedo preguntar, ¿por qué no se sostiene la efervescencia popular? A lo que agregaría, ¿no se sostuvo la efervescencia popular? Porque recordemos que de esos piquetes de 2001-2002, heredamos estos trabajadores informales, un movimiento muy extenso y muy vigoroso, con enorme influencia sobre la política pública, y recientemente en la representación en las Cámaras del Congreso Nacional.

P: ¿Ahí identificás una continuidad con esta actualidad?

M.L.: Yo creo que sí, son las organizaciones hijas de ese 2001. Y las asambleas que se organizaron en las grandes ciudades del país, y que se continuaron organizando durante poco más de un año, alimentaron luego, creo, esos sectores medios que expresó a partir de 2008 el kirchnerismo claramente reconocido como organización progresista. Esa explosión popular sí produjo su consecuencia política, lo que no puede es sostenerse como explosión, es imposible sostener asambleas como algunos de los miembros de esas reuniones pensaban.

Esa explosión se volvió organización y representación, solo que acomodada a los espacios que ofrece un Estado moderno.

P: ¿Cuál es el balance de estos 20 años?

M.L.: Me preocupa mucho que algunos aprendizajes dolorosos que habíamos hecho, no hayan generado anticuerpos en nuestras organizaciones partidarias y en nuestros liderazgos políticos. En particular, el proceso de endeudamiento acelerado e irresponsable durante el gobierno de Mauricio Macri, debió haber sido evitado en un país que había experimentado las consecuencias del endeudamiento.

La recurrencia al FMI como una gente económico que presumiblemente nos ayudaría a ordenarnos, externaliza las decisiones políticas y le da poder a otros sobre nosotros. Eso no debería volver a ocurrir. Me preocupa que relativamente cerca de 2001, en 2018, alguien con la liviandad que lo hizo el expresidente Macri, haya provocado el endeudamiento que provocó.

Pensémoslo desde afuera, como si fuéramos acreedores de Argentina: un país que entró en default en 2001 enfrenta la posibilidad de un default nuevamente en 2018. La verdad que es descorazonador. Hay algo de nuestra autoorganización, de eso se trata la democracia, que está en cortocircuito y que hace falta reconstituir. En primer lugar reconociendo las responsabilidades, y haciendo que esas responsabilidades tengan consecuencias políticas. Creo que el odio de una parte de la sociedad argentina respecto del kirchnerismo ha facilitado acompañar decisiones inmensamente irresponsables como las que tomó el último presidente. Sería deseable que esas pasiones dejen de perturbar nuestra percepción y nos permitan ver las cosas como son y nos ayuden a no repetir los errores catastróficos que hemos repetido.

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